La Divina Comedia.
ALIGHERI, Dante "la Divina Comedia", Purrúa "Sepan Cuantos", 2017, 1ra Eedición, México, 394pp.
La obra comienza con un Dante que, a la mitad del camino de la vida, se ve perdido. La selva oscura, asediada por fieras, en la que inicia el camino del poeta, refleja la confusión del alma que ya no encuentra el sentido de la vida conforme al bien y tan sólo halla un débil apoyo en la sensibilidad y las apariencias.
Surge entonces la razón – y, más que la sola razón, la sabiduría del arte – encarnada por Virgilio. El poeta latino salvará a Dante del asedio de las bestias, una pantera, un león y una loba, en las que algunos intérpretes ven la representación de los pecados de incontinencia, violencia y malicia. Después le hablará de un viaje que se ha planeado desde el cielo y que le servirá para reencontrarse con el fin auténtico, el único al cual debe dedicarse la existencia.
La jornada no será sencilla. Habrá que descender hasta lo más profundo del infierno, para ver cómo los vicios aniquilan a las almas. Después, será testigo de la expiación de los pecados en el purgatorio y, finalmente, deberá contemplar la luz de Dios, visión que tampoco es fácil de sostener (Canto I).
Dante, como es de esperarse, se siente aterrado. Pero Virgilio le rebela quién intercedió por él para que tal oportunidad le fuese concedida. Se trata de su amada Beatriz; en adelante, el solo nombre de la dama le dará la seguridad y el aliento necesarios para llevar a cabo cualquier empresa, incluyendo el descenso a los nueve círculos infernales (Canto II).
Avanzan, pues, hasta las puertas del infierno, franqueadas por el río Arqueronte. Hay, sin embargo, un vestíbulo que precede al río y en el que un grupo de almas profiere graves lamentos. Aquí – relata Virgilio – están confinadas las almas de quienes no conquistaron ningún tipo de gloria, pero tampoco merecieron algún reproche; no fueron fieles a Dios ni se rebelaron contra Él; no ganaron ni amigos ni enemigos; vivieron sólo para sí mismos, sin dejar huella en el mundo. Fue tal su indiferencia que no hay sitio para ellas ni en el cielo ni en el infierno y deben conformarse con permanecer a las puertas de este último lugar (Canto III).
Penetrando hasta el fondo del último círculo y luego de trepar por las espaldas de Lucifer, Dante y Virgilio salen del infierno y vuelven a contemplar la luz de las estrellas. No hay mucho tiempo para recobrar el aliento. Cerca de ahí se levanta el monte del purgatorio, que también deberán escalar.
Si el viaje al Infierno implica un descenso continuo y cada vez más profundo, el Purgatorio demanda un esfuerzo en dirección contraria. En adelante, el camino conducirá siempre hacia arriba y cada nuevo estrato significará, no ya la decadencia, sino la conquista de un mayor grado de virtud.
Antes de ascender por los siete círculos del Purgatorio, uno por cada pecado capital, los poetas atraviesan el Antepurgatorio, una llanura en donde aguardan las almas de quienes murieron violentamente, mostraron demasiado apego a las cosas terrenas o fueron lentos para el arrepentimiento.
En la cima del monte del purgatorio descansa el paraíso terrenal, el lugar donde vivieron los primeros hombres creados. Este es el último punto al que llegará Virgilio, pues al ser un espíritu pagano tiene prohibida la contemplación del Paraíso. A partir de entonces la guía de Dante será Beatriz.
El Paraíso es una región dividida en nueve cielos y cada uno de ellos participa, en cierto grado, del bien. De igual forma, las almas ocupan un orden conforme a la naturaleza de sus acciones virtuosas.
Terminado el recorrido por las nueve esferas celestes, Beatriz conduce a Dante hacia el Empíreo. Es en esta región, totalmente incorpórea, donde reside Dios. La imagen es evocadora: Un encuentro con la luz absoluta y nada más. Al poeta no le queda nada por describir, más que una sensación de profundo gozo.
Comentarios
Publicar un comentario